Impresiones de Chiapas

Luego de un intenso viaje por el Estado de Chiapas en México, Andrés Fluxa y yo escribimos juntos este texto con el chat como herramienta de creación improvisada, un ejercicio de escritura espontánea que intenta reflejar las sensaciones que nos quedaron en la boca al pasar por la zona y, especialmente, al intentar curiosear un poco sobre el movimiento zapatista.

Que no se te vuelen las Chiapas (texto chateado), por Clémence Egnell (“C”) y Andrés Fluxa (“A”)

A:
Chiapas no se deja. Se cierra. Se niega. Chiapas se oculta en su desconfianza al extranjero, al extraño, al invasor. Chiapas te deja alterado, intrigado, con un sabor extraño en la boca, un sabor amargo y con hambre. Son ganas de probar más, de estar más, de viajar más. Porque quince días caminando por esas tierras no fueron suficientes. Apenas fueron un instante en el que descubrimos una pequeña punta de un largo hilo enrollado, bastante difícil de desenrollar.

C:
– Señora, ¿donde está la ruta a San Juan Chamula?

– No sé.
– Acá se ven dos caminos, ¿a dónde van?
– A la carretera.
– ¿Cual va a la carretera?
– Este.
– Y ese, ¿a donde va?
– A la carretera.

Nunca hacer preguntas. Te confunden. Hay que abrirse y capturar todo tipo de elemento para informarse. No es más el habitual esquema de preguntas-respuestas, no es más la satisfacción intelectual de saber y entender. Ahora se trata de sentir y abrirse. Así entra por los sentidos lo que Chiapa nos dice.

A:
Y si el cotidiano es desconcertante, Chiapas cuenta además con la seducción del zapatismo, un movimiento indígena campesino que desde el 1º  de enero de 1994, cuando el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ocupó por sorpresa varias cabeceras municipales, lleva adelante “una lucha por trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz”, tal como expresa su primera Declaración de la Selva Lacandona. Pero el zapatismo hoy está pero no está. Las comunidades son zapatistas pero adentro nadie es zapatista.

– ¿Y ese cartel que está en la entrada del pueblo?
– Ah, lo pusieron hace mucho pero acá nadie es zapatista.
– ¿Acá es una comunidad zapatista?
– Sí.
– ¿Pero hay algún representante?
– No.

Y si usted está con ganas de conocer una comunidad zapatistas sin conocer una comunidad zapatista dese una vuelta por Oventic.

C:
Oventic (dicen) es una comunidad zapatista, pero nadie vive ahí. Las casas están vacías y parece un pueblo fantasma. Cuando llegamos al portón de entrada se acercaron a recibirnos con los rostros cubiertos por pañuelos. Después de tomarnos los datos se fueron para consultarle a la Junta si podíamos entrar. Finalmente volvieron y nos dejaron pasar. Pero ahí también esperaba un grupo de estudiantes de la Escuela Normal de Zinacantán y a ellos le rechazaron el ingreso sin explicaciones. Andrés se amargó y se puso furioso por la forma en que trataron a esos estudiantes chiapanecos que estudiaban para ser docentes, que habían viajando especialmente para visitar la comunidad y que sólo querían realizar un trabajo sobre el zapatismo para su formación. Pero la “Junta del Buen Gobierno“ (que mantiene siempre su puerta cerrada y que sólo la abre por cinco centímetros para asomar su cabeza y escuchar algún pedido de alguno de sus séquitos, a los cuáles dan sus respuestas religiosamente acatadas) mantuvo su rechazo…

Ahora les vamos a presentar otra comunidad: Zapata. Primero conocimos Zapata desde lejos, desde Bochil, divisándola luego de una corta pero hermosa caminata en el atardecer. Zapata es una comunidad de un par de casas en un lugar elevado y alejado, con escasos autos que pasan por sus caminos de fuertes pendientes. Las casitas de Zapata están ocupadas por gente humilde, tímida y buena. Nos abrieron sus puertas, nos hablaron y casi no nos miraron raro. Luego supimos que esas tierras pertenecieron a un terrateniente y que fueron expropiadas en nombre de (y por) las comunidades indígenas, se las dieron a las familias de la zona y fundaron así ese tierno pueblito.

A:
El zapatismo es, para el extranjero, un misterio de complicada resolución. Otro caso que conocimos, además de Oventic y Zapata, es el de Jerusalén. No supimos si ese pequeño caserío pertenecía al movimiento o simplemente tenía el cartel en su entrada. Tampoco supimos si esos hombres eran zapatistas haciendo un balance o simplemente estaban reunidos por la víspera de año nuevo. No pudimos saber, en definitiva, demasiado.

Llegamos a Jerusalén caminando, cruzando tranqueras por el medio del campo. Al salir nos chocamos con un cuadro que nos limitamos a contemplar desde lejos. Era un predio cerrado por alambrado (creo que una escuela) y en una especie de patio central se reunían sólo hombres. Pasamos por el frente, viendo de reojo o apenas girando la cabeza. Eran unos 20 y estaban parados en círculo. Nadie hablaba y sonaba una música mexicana que trataba sobre riñas de gallos. Pero allí no había gallos. No había nada. Ni bebidas. Sólo ellos y la música. Nos quedamos a unos 15 metros, curiosos, debatiendo si debíamos acercarnos a conversar o no, si debíamos preguntar de qué se trataba eso o no. En mi caso la situación me expulsaba. Sentía (y sabía que era así) que todos nos miraban en silencio. La música continuaba. Clémence, con un coraje que admiro, quería hablar con ellos. Yo no me rehusé. No pude. Era el 31 de diciembre del 2014. Se acercaba el año nuevo y nuestras conclusiones sobre lo que pasaba ahí fueron bien diversas.

C:
Yo quería saber lo que estaban haciendo. Pero lo que se decían poco me importaba. No quería aprender nada. Más quería sentir el aire que pasaba entre ellos y sentir el clima, si había tensión o amor. Y sobre todo quería estar con ellos para ser una de ellos. Así es cuando le pido al chofer de una bus si puedo sentarme a su lado: quiero ser chofer de colectivo. Así es cuando entro en la cocina de alguna casa donde estamos parando: quiero ser la madre de esta casa. Así es cuando me siento con las niñas en su pequeña mesa: quiero ser una niña. Me gusta cambiar de papel, quitar mi ropa y llevar otra. Así empiezo a sentir. Solo ahí puedo conversar. Cuando soy chofer de colectivo, madre de la casa o niña los demás abren sus corazones porque soy una de ellos. Y estoy segura que lo que nos decimos vale mucho más que cualquier explicación histórica y cultural del mejor libro en la tierra.

Fuimos a Chiapas sin guía turística. No estábamos preparados, no sabíamos de su historia, ni de sus grupos étnicos, ni de sus tradiciones…. Pero en esta región entramos en casas de familias, caminamos con otros caminantes chapanecos y comimos como ellos comen todos los días. Y creo que así, suave, empezamos a penetrar en el alma de Chiapas.

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A propos Clémence Egnell

Ce blog décrit, illustre et raconte des moments vécus sur ou à côté de nos vélos, sur les routes d'Europe, d'Asie et d'Amérique. Bonne visite ! Clémence Egnell et Andrés Fluxa
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